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domingo, 30 de abril de 2017
Don Bosco educador
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A los pocos meses de ordenarse sacerdote, comienza Don Bosco a visitar las cárceles de Turín

   Esta experiencia marca el rumbo de sus opciones como educador. Él lo describe con estas palabras: “Me horroricé al contemplar cantidad de muchachos, de doce a dieciocho años, sanos y robustos, de ingenio despierto, que estaban allí ociosos, atormentados por los insectos y faltos en absoluto del alimento espiritual y material.

   Constaté, también, que algunos volvían a las cárceles porque estaban abandonados a sí mismos. Quién sabe, decía para mí, si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupase de ellos e instruyese, si no se reduciría el número de los que vuelven a la cárcel” (MO 111).

   Éste fue el detonante que movió el corazón educador del apóstol de los jóvenes: hacer todo lo posible para que el joven no tuviera aquella horrible experiencia. Prevenir y adelantarse a las dificultades y problemas que fuera a encontrar: falta de instrucción, falta de preparación para el trabajo, falta de medios para divertirse conforme a su edad, falta de hogar, falta de afecto y ambiente de familia, falta de referencia parroquial y de curas que lo conocieran... falta de todo.

   El 8 de diciembre de 1841 Don Bosco se encuentra con un joven, Bartolomé Garelli, que va a ser el primero en frecuentar las reuniones dominicales con el cura de Turín. En esta clave surgen los dos primeros contratos laborales firmados con jóvenes. Están fechados en 1851 y 1852. Ambos llevan la firma del patrono, del aprendiz y de Don Bosco. El patrono se compromete a enseñar durante tres años el oficio, a corregir al aprendiz con palabras y no con golpes, a dejarle libre los días festivos y a darle quince días de vacaciones. El joven promete trabajar con diligencia. Y Don Bosco ofrece asistencia y garantía para el buen éxito de la conducta del muchacho.

   En 1853 Don Bosco comienza a reunir algunos grupos de jóvenes a los que ofrece aprender un oficio. Abre unos pequeños talleres de zapatería y sastrería. El primer maestro es él mismo. En pocos años puede comenzar otros talleres: encuadernación, carpintería, imprenta y cerrajería. Y el mismo trato y conocimiento de las necesidades de los jóvenes le hace escuchar sus peticiones de ampliar las enseñanzas que reciben, hasta llegar a poder estudiar los cursos normales en la propia casa de Don Bosco, y le hacen conocer también que algunos no tienen casa o carecen de condiciones para vivir en ella. Y Don Bosco hace que sus pequeños centros de diversión, religión y formación sean verdaderas casas de jóvenes.

   Éste es el corazón abierto de un auténtico amigo y educador de los jóvenes. Un educador que no dejó escritos muchos libros sobre educación, pero sí dejó con claridad y fuerza su mismo ejemplo y algunas intuiciones escritas que son verdaderos secretos en el difícil arte de educar.

   Entre sus breves escritos sobre educación destaca un pequeño tratado donde él expone su “Sistema Preventivo”, en él trata de recoger sus experiencias como sacerdote y educador: “Este Sistema Preventivo descansa por entero en la razón, en la religión y en la bondad, excluyendo todo castigo y humillación”. “El educador ha de hacerse amar de los jóvenes si desea hacerse respetar”. “La educación es cosa del corazón”. “Familiaridad y amistad con los jóvenes.

   El que quiera ser amado es necesario que demuestre que ama. El profesor que sólo aparece en la clase será un buen profesor, pero nada más. Pero si conoce a los alumnos y se interesa por ellos será, además, amigo y podrá influir en su vida”. Para Don Bosco, este modo de educar se convierte en verdadero camino de santidad. “Don Bosco realiza su santidad personal en la educación, vivida con celo y corazón apostólico, y simultáneamente sabe proponerla como meta concreta de su pedagogía.

   Tal intercambio entre educación y santidad es un aspecto característico de su figura: es educador santo, se inspira en un modelo santo, Francisco de Sales, es discípulo de un maestro santo, José Cafasso, y entre sus jóvenes sabe formar un alumno santo: Domingo Savio” (Juan Pablo II, Juvenum patris 5).

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