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sábado, 19 de agosto de 2017
La verdadera santidad
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Con su deseo de hacerse santo Domingo Savio comenzó a inclinarse hacia un estilo de vida cristiana seria, triste y rara.

Don Bosco le hacía ver que la amistad con Jesús es fiesta, alegría, optimismo, confianza y esperanza. Era suficiente la frecuencia de los sacramentos, el deber bien cumplido y la ayuda a los compañeros.

No le fue fácil a Don Bosco hacer comprender la auténtica vivencia de la fe a Domingo. Pese a los consejos y prohibiciones claras, en una ocasión descubrió que Domingo dormía en pleno invierno sólo con la colcha. Le preguntó: –¿Por qué haces esto? ¿Quieres morirte de frío? –No. No moriré de frío. Jesús, en la cueva de Belén y en la cruz, estaba menos cubierto que yo.

Desde entonces le prohibió formalmente hacer ninguna penitencia sin su permiso. Domingo quedó triste. Don Bosco le insistió: –La penitencia que el Señor quiere de ti es la obediencia. Obedece y te basta. –¿De verdad que no me permite ninguna penitencia? –Sí. Te permito la penitencia de soportar con paciencia los insultos con que te ofendan, aceptar con resignación el calor, el frío, el viento, la lluvia, el cansancio y todas las incomodidades de la salud que Dios te mande. –Pero esto se sufre por necesidad. –Lo que tengas que sufrir por necesidad, ofrécelo a Dios y se convertirá en virtud y mérito.

Después de algunas conversaciones como ésta, Domingo comenzó a practicar lo que Don Bosco le decía y a no hacer cosas raras. Aprendió a vivir alegre con los sabañones en el invierno y con los calores del verano; a no quejarse por la comida o las incomodidades de la pobreza; a aguantar con paciencia y sin buscar la venganza, los incordios de los compañeros; a estar siempre disponible para quien le pidiese ayuda, y a prestarse voluntario el primero para hacer cualquier trabajo extra.

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