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domingo, 30 de abril de 2017
El amor
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   En fin, desde el punto de vista metodológico, el “amor”. Se trata de una actitud cotidiana, que no es simple amor humano ni sólo caridad sobrenatural. Denota una realidad compleja e implica disponibilidad, criterios sanos y comportamientos adecuados.

   El amor se traduce en dedicación del educador como persona totalmente entregada al bien de sus educandos, estando con ellos, dispuesta a afrontar sacrificios y fatigas para cumplir su misión. Ello requiere estar verdaderamente a disposición de los jóvenes, profunda concordancia de sentimientos y capacidad de diálogo.

   Es típica y sumamente iluminadora su expresión: “Aquí, con vosotros, me encuentro a gusto; mi vida es precisamente estar con vosotros”. Con acertada intuición dice de modo explícito: lo importante es “no sólo querer a los jóvenes, sino que se den cuenta de que son amados”.

   El educador auténtico, pues, participa en la vida de los jóvenes, se interesa por sus problemas, procura entender cómo ven ellos las cosas, toma parte en sus actividades deportivas y culturales, en sus conversaciones; como amigo maduro y responsable, ofrece caminos y metas de bien, está pronto a intervenir para esclarecer problemas, indicar criterios y corregir con prudencia y amable firmeza valoraciones y comportamientos censurables.

   En tal clima de “presencia pedagógica” el educador no es visto como “superior”, sino como “padre, hermano y amigo”. En esta perspectiva, son muy importantes las relaciones personales.

   Don Bosco se complacía en utilizar el término “familiaridad” para definir cómo tenía que ser el trato entre educadores y jóvenes. Su larga experiencia le había llevado a la convicción de que sin familiaridad es imposible demostrar el amor, y que sin tal demostración no puede surgir la confianza, condición imprescindible para el buen resultado de la educación.

   El cuadro de objetivos, el programa y las orientaciones metodológicas sólo adquieren concreción y eficacia si llevan el sello de un “espíritu de familia” transparente, o sea, si se viven en ambientes serenos, llenos de alegría y estimulantes. A propósito de esto conviene recordar, por lo menos, el amplio espacio y dignidad que daba el Santo al aspecto recreativo, al deporte, a la música y al teatro o –como solía decir- al patio.

   Aquí, en la espontaneidad y alegría de las relaciones, es donde el educador perspicaz encuentra modos concretos de intervención, tan rápidos en la expresión como eficaces por la continuidad y el clima de amistad en que se realizan.

   El trato, para ser educativo, requiere interés continuo y profundo, que lleve a conocer personalmente a cada uno y, simultáneamente, los elementos de la condición cultural que es común a todos. Se trata de una inteligente y afectuosa atención a las aspiraciones, a los juicios de valor, a los condicionamientos, a las situaciones de vida, a los modelos ambientales, y a las tensiones, reivindicaciones y propuestas colectivas.

   Se trata de comprender la necesidad urgente de formar la conciencia y el sentido familiar, social y político, de madurar en el amor y en la visión cristiana de la sexualidad, de la capacidad crítica y de la conveniente ductilidad en el desarrollo de la edad y de la mentalidad, teniendo siempre muy claro que la juventud no es sólo momento de paso, sino tiempo real de gracia en que construir la personalidad.

   También hoy, aunque en contexto cultural diverso y hasta con jóvenes de religión no cristiana, tal característica constituye uno de los muchos aspectos válidos y originales de la pedagogía de Don Bosco. (Juan Pablo II, Carta Juvenum Patris, 12)

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