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jueves, 21 de septiembre de 2017
San Francisco de Sales
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San Francisco de Sales Nacido en 1567 en el castillo de la Thuile, a orillas del lago de Annecy.

   Primogénito del señor de Sales, Francisco de Boisy. Después de los primeros estudios en su patria, acude a los Jesuitas de Clermont, donde sigue cursos de Artes y de Teología. Su padre le envía a estudiar Derecho a Padua, donde consigue el doctorado. Al fin puede seguir la carrera sacerdotal y ser ordenado, al precio de aceptar la dignidad de preboste de Annecy. Más tarde es enviado como misionero al Chablais. Su obispo logra para él el nombramiento de obispo coadjutor y, a pesar de sus resistencias, es consagrado en 1602.

   Al poco tiempo quedaba obispo de Ginebra; y después de veinte años de un episcopado fecundísimo murió en Lyon, afectado por un ataque de apoplejía. En 1665 Alejandro VII lo canonizó.

   Fiesta: 23 de enero. Misa propia. Un día de primavera de 1592 tenía lugar una gran fiesta en el castillo de la Thuile. El primogénito del señor de Sales volvía de Italia, graduado de doctor en Derecho. Todo el mundo admiraba al joven gentilhombre, que hablaba varias lenguas y dominaba la filosofía, la teología, el derecho civil y el derecho canónico. El joven Francisco era de verdad un hombre erudito y sabio. Había luchado para serlo. Desde sus días del colegio de Annecy despuntaba por su diligencia en los estudios, y también por su modestia, su piedad y su singular devoción, que le multiplicaban su amor a la ciencia.

   Pero no toda su vida polarizaba en el estudio. Francisco tema un secreto más querido. A sus once años había ya pedido la tonsura, y no por la costumbre ritual que entonces existía, sino para responder a una llamada concreta de Dios. Había ya renunciado al mundo y se sentía entregado a la Iglesia. Su acendrada religiosidad, junto con sus estudios teológicos, crearon en su espíritu una rara angustia que le llevaba casi a la desesperación. Él, tan puro y recto, se veía ya condenado de antemano. María le salvó de este estado, una tarde en que el angustiado estudiante se fue a postrar a los pies de su imagen de San Esteban de Grés. Y aunque su padre le hizo interrumpir los estudios teológicos para enviarlo a Padua, su piedad, sus meditaciones, sus penitencias, sus estudios sagrados no menguaron ni un momento.

   Una grave enfermedad fue la prueba definitiva y la preparación última para su ordenación sacerdotal. Su padre, al fin, se dejó convencer aunque fue el primo de Francisco, el canónigo Luis, quien consiguió para el neosacerdote la silla de preboste en la catedral de Annecy. Ya en la toma de posesión de su dignidad se adivinó el don singular que significaba para la Iglesia aquella nueva voz.

   En su primer sermón clamó ya por el dolor de ver la herejía calvinista establecida en parte tan importante de la diócesis como el Chablais y en Ginebra, su capital. Francisco convocaba a una lucha desigual: "derrumbar los muros de Ginebra con ardientes oraciones y asaltarlos con la caridad fraterna".

   Al año siguiente se ofrecía a su obispo para ir a evangelizar la región perdida para la causa católica. La empresa no ofrecía perspectivas muy halagüeñas y sí muchos peligros. Su padre y sus amigos corren a disuadirle. Francisco se mantiene firme, y solo con su primo, sin escudo ni caballo, a pie, emprende el camino. Cada mañana. desde un castillo católico, descienden a Thonon y confortan a los quince católicos que habían quedado fieles. Luego quieren dirigirse a las ovejas perdidas. Pero su predicación cae en el vacío, porque nadie se atrevía a traspasar la consigna de huir del "Papista".

   El heredero de Sales no se amilana y prueba de llegar mediante la palabra escrita a los que huyen de su persona. Lanza folletos bajo formas atrayentes, pero con golpes directos a la herejía. Y estos folletos se leen dentro de cada casa, a la luz de las chimeneas, por las noches. Poco a poco la verdad vuelve a iluminar aquellas almas.

   Los resultados son lentos en producirse, pero se va llegando al fondo de los corazones. Era como un incendio que, tras haber trabajado en secreto, de repente sale afuera y alcanza a toda la casa. Ya en marzo de 1595 los misioneros se pueden instalar en Thonon y desde allí irradiar por toda la región. A los tres años el éxito corona la empresa. Francisco pudo decir luego: "Cuando llegamos nosotros solo quedaban quince católicos en el Chablais. Ahora no quedan más que quince protestantes en la región".

   ¿Cuál había sido el secreto de esta pesca milagrosa? El de siempre: la oración constante y la generosa penitencia. El invierno de 1594 había sido crudo. Y Francisco, más de una noche se había visto obligado a dormir a campo abierto, o sobre una rama de castaño, ceñido con su cinturón para no deslizarse hacia abajo, donde rondaban los lobos. Encima vinieron las luchas personales: las piedras lanzadas contra él, por las gentes de Thonon ; los atentados de arcabuz contra su vida. Pero todo ello se sumaba a la acción evangélica que Francisco realizaba con toda su persona, su mirada irresistible, su voz apostólica, su heroísmo intrépido.

   Decía: "El amor tiene un poder mayor que la fuerza de los razonamientos". Y en el amor se volcaba toda su riqueza de noble caballero, de hombre de ciencia consumada y talento intuitivo y precoz; y, sobre todo, de santo, de testigo de Dios por su fe inalterable y su caridad dinámica. En medio de su trajín de misionero no se dio cuenta de que su obispo trabajaba para su nombramiento episcopal. No quiso aceptarlo, no se creía digno. Tuvo que pasar un año, y al fin consintió.

   Al poco tiempo queda ya confirmado como obispo titular de Ginebra. En seguida se dispone a cumplir su misión. Su actividad fue multiforme y desbordante siempre. Ante todo se entregó a lo que consideraba su vocación nata: la dirección espiritual. El confesionario y la correspondencia devoraban su tiempo. Se conservan dos mil de sus cartas, llenas de doctrina y de gracejo. Pero seguramente que en realidad escribió diez veces más. Una de sus dirigidas, que le fue enviada de manera manifiestamente providencial, era Juana Frémiot de Chantal, alma escogida para las cumbres de la vida espiritual y para fundar la Orden de la Visitación, que hoy día conserva aún su prosperidad nativa.

   También cumplió a la perfección su misión de doctor, empezando por la catequesis de los niños, que le rodeaban en grandes masas. Su predicación pasó los límites de su diócesis y se hizo famosa en Dijon, París, Grenoble... Mostró gran solicitud por sus sacerdotes, parte principal de su rebaño.

   Trabajó sin cesar para formarse un clero sabio y santo. Restableció la disciplina en los monasterios de su territorio. Terminó de arrancar a su pueblo de la herejía, mediante sus visitas pastorales, e instauró organizaciones para refugio de los hombres de buena voluntad. Fundó un excelente colegio en Thonon, que encomendó a los Barnabitas. Pero el alma de toda su actividad pastoral continuaba siendo su inalterable bondad, su cordialidad abierta a todas las penas y alegrías, que conseguía verdaderos milagros de resurrección espiritual.

   La revolución que realizó con su contacto personal se plasmó en un pequeño y exquisito libro: La "Introducción a la vida devota". Su gran novedad era que abría el camino de la perfección, basta entonces reservada a sacerdotes y religiosos, a la gente del mundo. "Es una herejía, dice él mismo, expulsar la vida devota de la compañía de los soldados, de la botica de los artesanos, de la corte de los príncipes, del hogar de los casados". Esta vida devota no es más que "la flor de la caridad", que se puede cultivar en todas partes donde haya un cristiano.

   Será una espiritualidad simple, sencilla, pero llena de caridad y de todas las virtudes, alimentadas por la Eucaristía, cuya frecuencia recomienda el Doctor de Sales, adelantándose a San Pío X. Para sus hijas legó Francisco otro tesoro cual es el "Tratado del amor a Dios", verdadera dinámica de esta reina de las virtudes, seguida con aguda sagacidad por el Doctor de la Caridad.

   ¡Cómo se nota su propia experiencia en sus descripciones tan exactas! Había vencido su genio natural y lo había puesto al servicio del amor, al servicio de la Iglesia, como había hecho con su talento, su cultura, sus dotes de noble caballero. Este amor ardiente le había vuelto agradable del todo a Dios y le había valido aquellos éxtasis frecuentes y aquellos milagros, como curaciones, multiplicaciones, lectura de conciencias. De regreso de Avignon, en 1622, moría en Lyon.

   El pueblo ya le había canonizado en vida. Porque el Amor sólo tiene un lenguaje y todos los hombres lo comprenden. Por ello la devoción a San Francisco de Sales, proclamado Doctor de la Iglesia, no ha menguado nunca en ella, y en cada época reverdece con nuevo vigor.

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